Ilustración para "Teorías conspirativas, antídotos contra la irrupción de lo complejo" escrito por Laura Marajofsky en 2011, y publicado en el sitio web de Río Revuelto.

Ilustración

¿Y si el 11 de septiembre hubiera sido una conspiración del gobierno de los EEUU con el objetivo de crear una excusa para invadir Irak y lanzar una guerra? ¿Y si Obama fuera una especie de "candidato Manchuriano" que busca imponer la Sharia en Occidente? ¿Quién no se ha cruzado alguna vez con una persona que le haya planteado teorías similares, y que al concederle un alto grado de factibilidad a las mismas, insinúe también que hay muchas otras "verdades" que desconocemos?

Ésta parece ser una época ideal para el complot. Basta ver cómo todos estos "¿Y si?" se multiplican vertiginosamente en el terreno virtual, capitalizando la falta de rigurosidad a la hora de discutir que concede el medio. Así, pueblan la Web numerosos blogs en los que pseudo expertos especializados en "círculos de la cosecha" ("crop circles") o parapsicología exponen teorías que van desde lo sencillamente insólito a lo totalmente descabellado, aprovechándose de lo que quizá sea una valiosa pulsión por hacerse preguntas acerca de lo que no se comprende.

Las teorías conspirativas llegaron para quedarse, pero no sólo eso, llegaron para darle forma y caracterizar a un modelo de pensamiento que se presenta a sí mismo como un "escepticismo moderno", pero que pareciera tener más en común con las religiones -o con un razonamiento de secta- que con una mirada realmente desconfiada de las grandes corporaciones que rigen la cultura.

Pero para poder desentramar estas teorías y, fundamentalmente, para comprender la mentalidad que subyace en ellas y el impacto cultural que tienen, hay que comenzar por el principio. Una de las hipótesis más trabajadas sobre cuál es su propósito es que estas historias surgen a partir de la dificultad del individuo para explicarse fenómenos complejos y en consecuencia ante el trauma de tener que reconocer el carácter azaroso o accidental de muchas cosas. Como David Aaronovitch menciona en su libro "Voodoo Histories: The Role of the Conspiracy Theory in Shaping Modern History": "La idea de que un suceso sea completamente accidental, de que no tenga sentido, es catastrófica. Al no haber sentido en el mal, tampoco hay sentido en el bien: entonces el mundo en que vivimos pasa a ser contingente, accidental y nuestra muerte se transforma en un acontecimiento solitario y sin sentido. Las teorías conspirativas son una manera de no tener que hacerle frente a esas posibilidades". Si bien la complejidad de la cual se habla es ostensible y plantea cierto tipo de problemas interpretativos y prácticos, podría considerarse que lo que genera el mayor temor no es aquello que escapa a nuestro control, sino más bien todo lo que sí es posible gestionar por cuenta propia; es decir, cómo se maneja la cuota de responsabilidad efectiva con la que contamos como individuos.

Y aquí es donde se encuentran dos rasgos clave que combinados contribuyen con estos relatos. Por un lado, como decíamos antes, un menosprecio del rango de acción e incidencia del individuo, quien pareciera siempre salir perdiendo ante fuerzas mayores, llámese el azar o cualquier otra cosa. Por otro lado, existe una sobre ponderación de la capacidad y eficiencia de las grandes organizaciones, entidades que si bien en muchos casos cuentan con numerosos recursos (presupuestos millonarios, aval estatal, etc.), cometen fallas absurdas. Por consiguiente, se observa una propensión a idear complots maquiavélicos que tienden a ser simplificaciones de la realidad y de su genuino funcionamiento, y que operan ocluyendo cuestionamientos más incisivos acerca de cómo se construye nuestra cultura.

Ejemplos de este modo de razonar pueden encontrarse en teorías sobre eventos como los atentados terroristas del 11 de septiembre. Así lo explica el periodista canadiense Jonathan Kay en su libro "Among the Truthers: A Journey Through America's Growing Conspiracist Underground", al observar que ante el derrumbamiento del WTC 7 una versión que se difundió rápidamente fue aquella que decía que se habían utilizado explosivos para producir una demolición controlada. Esta conjetura es mucho más vistosa que la hipótesis que da cuenta del desastre de planeamiento e ingeniería que supone que edificios modernos colapsen con un simple incendio focalizado (según se reporta que sucedió en un informe del National Institute of Standards and Technology).

Asimismo, una mirada más realista y menos conspirativa abriría toda una serie de interrogantes (¿quiénes son responsables por nuestra seguridad y a qué tipo de controles están sometidos?, ¿hacemos bien en ponernos en sus manos?, ¿qué sugieren algunas fallas con respecto al arquetipo profesional?) que tal vez resulte muy costoso responderse. Las teorías conspirativas aparecen entonces como un atajo para suplir el trabajo que implica interpretar la gran cantidad de interconexiones entre fenómenos y actores con que lidiamos cotidianamente.

Sucede también que el subtexto de la ideología conspirativa suele ser "No creas en nada ni nadie", una afirmación con la que un individuo que aspira a tener una actitud crítica podría identificarse. No obstante, si alguien asevera "Lo que el gobierno o los medios dicen es mentira" pero no genera argumentos que validen su visión, se encuentra más cerca de lo que Aaronovitch describe como una "credulidad invertida" ("inverted credulity") que de un verdadero escepticismo. Para no llevar la discusión a un terreno donde los puntos de vista se terminan reduciendo casi a un acto de fe -creer o no en algo- es necesario poder articular la duda de manera más constructiva y aportante.

El comportamiento de afirmarse ciegamente en lo que uno cree más allá de la evidencia objetiva ha sido estudiado por las neurociencias y la psicología proponiéndose un modelo denominado "motivated reasoning". Este paradigma subraya la importancia del plano emocional en el razonamiento y describe la manera en que la persona opera cuando surge información que desafía una creencia particular. Una respuesta recurrente ante esta situación es tender a reacomodar los hechos de forma más favorable a la propia emocionalidad, en algunos casos, afirmándose aún más las concepciones preexistentes ("backfire effect"). Parece inevitable vincular este modelo con aquellas reacciones que se despiertan cuando una cosmovisión se ve amenazada.

Pero un análisis integral del fenómeno del conspiracionismo no estaría completo si no hiciéramos el ejercicio de conectar la propagación de estas teorías con ciertas tendencias actuales. Desde las series televisivas (ver casos recientes como "Lie to Me" o "The mentalist") a libros abocados a descubrir las últimas intrigas políticas o corporativas, se manifiesta una gran fascinación con la manipulación de la verdad. Es en este marco de "búsqueda de la verdad" en el que florecen las conspiraciones, y en el que persiste el mensaje de que hay toda una dimensión de la cual no estamos anoticiados y con la cual convivimos. Cabe preguntarse si no existe un llamativo desbalance entre la pulsión a indagar en lo que se encuentra supuestamente oculto y la motivación para observar críticamente aquellas dinámicas y comportamientos que comprenden la existencia "visible" de una persona.

Hay que destacar también que los grupos que sostienen estas elucubraciones, suelen verse a sí mismos como rebeldes que buscan emanciparse de un determinado orden mental y "liberar a los ciudadanos". Ante semejante afirmación uno esperaría que algunas de las instituciones más tradicionales y arraigadas en la sociedad se vieran, como mínimo, desestabilizadas por las ideas conspirativas. Al no producirse una disrupción significativa en órdenes que son reconociblemente hegemónicos, habría que revisar cómo se traducen estos intentos por romper supremacías y si están apuntados a los sustratos o se quedan en superficialidades. Tal vez aquí es donde la invisibilidad del plano cultural como campo imprescindible de acción -y la dificultad de trabajar sobre el mismo- se vuelve problemática.

Es indudable que cada vez se hacen más necesarias estrategias individuales que estimulen a desconfiar de la "versión oficial" y a posicionarse ante las mayorías. Sin embargo, no basta con discursos que ya se encuentran fácilmente tipificados, o con explicaciones que sólo sirven como paliativos contra la irrupción inesperada de la complejidad. La verdadera rebeldía pide por un escepticismo "ad hoc" que no caiga en lugares comunes y que se plantee evaluar todos los planos de la realidad en profundidad, sin parcialidades convenientes.